Niebla XXV, Miguel de Unamuno

Niebla XXV, Miguel de Unamuno

Fue Augusto a ver a Víctor, a acariciar al tardío hijo de este, a recrearse en la contemplación de la nueva felicidad de aquel hogar, y de paso a consultar con él sobre el estado de su espíritu. Y al encontrarse con su amigo a solas, le dijo:
––¿Y de aquella novela o… ¿cómo era?… ¡ah, sí, nivola!… que estabas escribiendo?, ¿supongo que ahora, con lo del hijo, la habrás abandonado?
––Pues supones mal. Precisamente por eso, por ser ya padre, he vuelto a ella. Y en ella desahogo el buen humor que me llena.
––¿Querrías leerme algo de ella? Continue Reading »

Niebla XVI, Miguel de Unamuno

––Eres imposible, Mauricio ––le decía Eugenia a su novio, en el cuchitril aquel de la portería––, completamente imposible, y si sigues así, si no sacudes esa pachorra, si no haces algo para buscarte una colocación y que podamos casarnos, soy capaz de cualquier disparate.
––¿De qué disparate? Vamos, di, rica ––y le acariciaba el cuello ensortijándose en uno de sus dedos un rizo de la nuca de la muchacha.
––Mira, si quieres, nos casamos así y yo seguiré trabajando… para los dos.
––Pero ¿y qué dirán de mí, mujer, si acepto semejante cosa?
––¿Y a mí qué me importa lo que de ti digan?
––¡Hombre, hombre, eso es grave! Continue Reading »

NIEBLA III, Miguel de Unamuno

NIEBLA III, Miguel de Unamuno

––Hoy te retrasaste un poco, chico ––dijo Víctor a Au¬gusto––, ¡tú, tan puntual siempre!
––Qué quieres… quehaceres…
––¿Quehaceres, tú?
––Pero ¿es que crees que solo tienen quehaceres los agentes de bolsa? La vida es mucho más compleja de lo que tú te figuras.
––O yo más simple de lo que tú crees…
––Todo pudiera ser.
––¡Bien, sal! Continue Reading »