Niebla XXIII, Miguel de Unamuno

Niebla XXIII, Miguel de Unamuno

El pobre Augusto estaba consternado. No era sólo que se encontrase, como el asno de Buridán, entre Eugenia y Rosario; era que aquello de enamorarse de casi todas las que veía, en vez de amenguársele, íbale en medro. Y Ilegó a descubrir cosas fatales.
––¡Vete, vete, Liduvina, por Dios! ¡Vete, déjame solo! ¡Anda, vete! ––le decía una vez a su criada.
Y apenas ella se fue, apoyó los codos sobre la mesa, la cabeza en las palmas de las manos, y se dijo: «¡Esto es terrible, verdaderamente terrible! ¡Me parece que sin darme cuenta de ello me voy enamorando… hasta de Liduvina! ¡Pobre Domingo! Sin duda. Ella, a pesar de sus cincuenta años, aún está de buen ver, y sobre todo bien metida en carnes, y cuando alguna vez sale de la cocina con los brazos remangados y tan redondos… ¡Vamos, que esto es una locura! ¡Y esa doble barbilla y esos pliegues que se le hacen en el cuello…! Esto es terrible, terrible, terrible…» Continue Reading »

NIEBLA II, Miguel de Unamuno

NIEBLA II, Miguel de Unamuno

Al abrirle el criado la puerta…
Augusto, que era rico y solo, pues su anciana madre había muerto no hacía sino seis meses antes de estos me¬nudos sucedidos, vivía con un criado y una cocinera, sir¬vientes antiguos en la casa a hijos de otros que en ella misma habían servido. El criado y la cocinera estaban ca¬sados entre sí, pero no tenían hijos.
Al abrirle el criado la puerta le preguntó Augusto si en su ausencia había llegado alguien.
––Nadie, señorito. Continue Reading »