Sep 11

Niebla XXIX, Miguel de Unamuno

Niebla XXIX, Miguel de Unamuno

Todo estaba dispuesto ya para la boda. Augusto la quería recogida y modesta, pero ella, su mujer futura, parecía preferir que se le diese más boato y resonancia.
A medida que se acercaba aquel plazo, el novio ardía por tomarse ciertas pequeñas libertades y confianzas, y ella, Eugenia, se mantenía más en reserva.
––Pero ¡si dentro de unos días vamos a ser el uno del otro, Eugenia!
––Pues por lo mismo. Es menester que empecemos ya a respetarnos.
––Respeto… Respeto… El respeto excluye el cariño.
––Eso creerás tú… ¡Hombre al fin! Continue Reading »

Sep 10

Niebla XXVIII, Miguel de Unamuno

Niebla XXVIII, Miguel de Unamuno

Torció el gesto Augusto cuando una mañana le anunció Liduvina que un joven le esperaba y se encontró luego con que era Mauricio. Estuvo por despedirlo sin oírle, pero le atraía aquel hombre que fue en un tiempo novio de Eugenia, al que esta quiso y acaso seguía queriendo en algún modo; aquel hombre que tal vez sabía de la que iba a ser mujer de él, de Augusto, intimidades que este ignoraba; de aquel hombre que… Había algo que les unía.
––Vengo, señor ––empezó sumisamente Mauricio––, a darle las gracias por el favor insigne que merced a la mediación de Eugenia usted se ha dignado otorgarme…
––No tiene usted de qué darme las gracias, señor mío, y espero que en adelante dejará usted en paz a la que va a ser mi mujer.
––Pero ¡si yo no la he molestado lo más mínimo! Continue Reading »

Sep 09

Niebla XXVII, Miguel de Unamuno

Niebla XXVII, Miguel de Unamuno

Empezó entonces para Augusto una nueva vida. Casi todo el día se lo pasaba en casa de su novia y estudiande no psicología, sino estética.
¿Y Rosario? Rosario no volvió por su casa. La siguiente vez que le llevaron la ropa planchada fue otra la que se la llevó, una mujer cualquiera. Y apenas se atrevié a preguntar por qué no venía ya Rosario. ¿Para qué, si le adivinaba? Y este desprecio, porque no era sino desprecio, bien lo conocía y, lejos de dolerle, casi le hizo gracia, Bien. Bien se desquitaría él en Eugenia. Que, por supuesto, seguía con lo de: «¡Eh, cuidadito y manos quedas!» ¡Buena era ella para otra cosa!
Eugenia le tenía a ración de vista y no más que de vista, encendiéndole el apetito. Una vez le dijo él:
––¡Me entran unas ganas de hacer unos versos a tus ojos!
Y ella le contestó: Continue Reading »

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